Dominicanos frente al fino arte de batear en unas Grandes Ligas que ya no viven del promedio.

Hubo una época en que batear .300 en las Grandes Ligas era casi un sello automático de excelencia. Alcanzar esa cifra colocaba a cualquier jugador entre la élite ofensiva del béisbol. Hoy, sin embargo, el panorama cambió radicalmente: el promedio de bateo perdió protagonismo en una industria que ahora prioriza el poder, el OPS y la capacidad de embasarse.

Los peloteros dominicanos no escapan a esa transformación.

Actualmente, apenas unos pocos quisqueyanos figuran entre los líderes de average, una realidad que refleja la nueva filosofía ofensiva de las Grandes Ligas.

Otto López, de los Marlins, lidera las Mayores con promedio de .344, sin incluir la jornada de ayer. Después aparecen Elly de la Cruz con .302 y Oneil Cruz bastante más abajo en la Liga Nacional con .259.

En la Liga Americana, los principales dominicanos son Vladimir Guerrero Jr. (.286), Ángel Martínez (.266) y Jesús Sánchez (.259).

La diferencia con décadas anteriores es enorme.

En la temporada 2025, apenas un bateador de la Liga Nacional terminó sobre los .300: Trea Turner (.304). En la Americana solo siete jugadores alcanzaron esa marca. Entre los dominicanos, Jeremy Peña fue el único en superar esa cifra con .304.

El caso de Turner incluso tiene valor histórico. Su .304 representó el promedio más bajo para un campeón de bateo de la Nacional desde que Carl Yastrzemski ganó el título de la Liga Americana con .301 en 1968.

La caída de los bateadores de .300 también queda evidenciada al revisar campañas pasadas. En el año 2000, 25 jugadores de la Liga Americana batearon .300 o más, mientras que en la Nacional lo hicieron 27. Entre ellos figuraban dominicanos de alto calibre como Manny Ramírez, Moisés Alou, Vladimir Guerrero padre y Luis Castillo.

Pero el béisbol cambió.

El libro La ciencia de batear, escrito por el legendario Ted Williams junto a John Underwood, explicaba que para ser un gran bateador había tres elementos esenciales: conseguir un buen lanzamiento para batear, tener el enfoque mental correcto y ser rápido con el bate.

Aunque esos principios siguen vigentes, las organizaciones actuales valoran otras herramientas ofensivas.

“Hay jugadores que podrían batear para un buen promedio si realmente se dedicaran a ello”, declaró Mike Shildt, entonces dirigente de los Padres, en una entrevista con The Athletic en septiembre pasado. “Pero la industria no lo valora ni lo fomenta”.

Meses después, Francisco Lindor reforzó la idea.

“El juego no te dice que batees .300. El juego te dice que te embases y conectes jonrones”, señaló el estelar campocorto de los Mets en declaraciones recogidas por el periodista Tyler Kepner.

Las estadísticas respaldan esa transformación.

El promedio colectivo de las Grandes Ligas continúa descendiendo. Este año se ubica en .240. En 2025 fue de .245; en 2024, .243; y en 2023, .248. Muy distinto a lo ocurrido a inicios de siglo, cuando el promedio global fue de .270 en el 2000, .264 en 2001, .261 en 2002 y .264 en 2003.

Las razones son múltiples.

Muchos bateadores modificaron su swing para generar mayor elevación de la pelota, buscando más cuadrangulares. Eso produce más poder, pero también más elevados y más ponches.

Además, las métricas modernas priorizan el OPS, el slugging, los boletos y la producción de extrabases por encima del average tradicional.

A eso se suma otro factor determinante: la evolución del pitcheo.

Ted Williams, durante toda su carrera entre 1939 y 1960, enfrentó apenas 447 lanzadores distintos. Andrew McCutchen, en contraste, ha visto más de 1,527 pitchers diferentes en su trayectoria. La especialización de los cuerpos de lanzadores, el uso constante de relevistas y la velocidad actual complican mucho más el trabajo ofensivo.

Defensivamente, el juego también evolucionó. Los jugadores cubren más terreno, poseen mayor preparación atlética y convierten en outs conexiones que décadas atrás terminaban en hits.

En medio de todos esos cambios, el promedio de .300 dejó de ser la referencia principal del éxito ofensivo. Sin embargo, el bateo continúa siendo un arte complejo, una mezcla de disciplina, velocidad, inteligencia y ajuste constante.

Tal como lo concebía Ted Williams: una verdadera ciencia.

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