

Aunque inició su carrera como receptor, las limitaciones defensivas lo llevaron a ocupar un puesto en el jardín izquierdo. A pesar de sus dificultades iniciales en esta nueva posición, donde cometió errores y casi fue golpeado en la cabeza por un elevado, Carty demostró ser un bateador formidable y rápidamente comenzó a destacar.
Su talento con el bate alcanzó el pináculo en 1970, cuando ganó el título de bateo de la Liga Nacional con un promedio de .366. Aquella temporada no solo fue la mejor de su carrera, sino que le permitió participar en el Juego de Estrellas junto a leyendas como Hank Aaron y Willie Mays. Además, logró una racha impresionante de 31 juegos consecutivos con al menos un hit, un logro que lo consolidó como uno de los bateadores más consistentes de su tiempo.
A lo largo de su carrera, Carty tuvo que enfrentar numerosas lesiones y desafíos, entre ellos una temporada perdida por tuberculosis y otra por una lesión en la rodilla mientras jugaba en la liga invernal dominicana. Sin embargo, siempre encontraba la forma de volver al campo, demostrando una resiliencia que impresionaba tanto a compañeros como a aficionados.
Una de las historias más curiosas de su carrera fue cuando, enfrentando a su compatriota Juan Marichal en su debut en la liga dominicana, fue ponchado sin tocar la pelota. Aunque este momento casi lo hace abandonar el béisbol, Carty regresó y más adelante pudo «vengarse» al conectarle varios hits, incluso prometiendo cuadrangulares. Otra anécdota célebre ocurrió cuando compró 51 pares de zapatos de piel de culebra, impresionando al vendedor que había dudado de su intención de adquirirlos. Este acto extravagante no solo hizo famoso al vendedor, sino que también reflejó el estilo único de vida de Carty.
Cuando Carty fue llamado a las Grandes Ligas en 1963, su compañero de cuarto en el hotel fue nada menos que Hank Aaron. Aunque inicialmente se sintió intimidado por la presencia de la leyenda, Aaron terminó dándole confianza, y su amistad en el campo los unió como compañeros.
Rico Carty no solo fue un jugador excepcional, sino un personaje cuyas historias y logros lo mantienen en el imaginario colectivo como una leyenda del béisbol y un ícono cultural en la República Dominicana.