La Vuelta a España, interrumpida por protestas propalestinas en un final sin precedentes.

Manifestaciones en Madrid impidieron la llegada a meta y dejaron sin ceremonia de podio la edición número 90 de la ronda española.

La 90ª edición de la Vuelta a España concluyó de manera insólita, sin llegada en Madrid, sin podio ni vencedores celebrando bajo los focos de Cibeles. En lugar de eso, humo, cargas policiales y corredores evacuados por seguridad. Las protestas propalestinas que venían acompañando el pelotón desde Figueres terminaron por explotar en la capital, marcando un precedente en el mundo del deporte profesional.

Todo comenzó en Figueres, en la quinta etapa, cuando un grupo de manifestantes interrumpió la crono por equipos, obstaculizando el paso del equipo Israel Premier Tech. Aunque en un primer momento se trató de un incidente aislado, fue el punto de partida de una ola de protestas que acompañaría a la carrera durante las siguientes semanas.

La situación se tornó más grave en Bilbao, durante la undécima etapa, cuando la organización se vio obligada a neutralizar la jornada a tan solo 3 kilómetros de la meta. Sin ganador, sin tiempos registrados, la etapa dejó al descubierto la falta de un protocolo claro para situaciones de este tipo. “Se buscaban decisiones, pero nadie sabía quién debía tomarlas”, relatan desde dentro del pelotón.

La presión fue en aumento. En Mos, durante la decimosexta etapa, se adelantó la línea de meta en ocho kilómetros por nuevos incidentes. Ese día, al menos, se coronó un vencedor: el colombiano Egan Bernal.

El ambiente en el pelotón comenzó a deteriorarse seriamente tras un suceso en Galicia: un manifestante irrumpió en la carretera, provocando la caída del español Javier Romo, quien se retiró al día siguiente por las lesiones. El temor se apoderó del grupo de corredores, que, tras consultar con el sindicato CPA, se plantearon parar la carrera si su integridad física seguía en riesgo.

Incluso en tramos de alta montaña, como en la etapa de La Bola del Mundo, la tensión no dio tregua. Una sentada de manifestantes obligó a los ciclistas a sortearlos como pudieron por los laterales de la calzada.

La tradicional etapa final en Madrid fue directamente cancelada. Las principales arterias de la ciudad —Cibeles, Neptuno, Atocha, Gran Vía— se convirtieron en escenarios de disturbios, barricadas e intervenciones policiales. La organización, ante la imposibilidad de garantizar la seguridad, optó por suspender la llegada y trasladar a los corredores directamente a sus hoteles escoltados por la Policía.

El gran vencedor de la Vuelta, Jonas Vingegaard, no tuvo podio, ni ramo, ni himno. Su victoria quedó empañada por el caos de una carrera que, desde el inicio, se vio atrapada entre el deporte y la geopolítica.

Este desenlace sin precedentes deja muchas preguntas abiertas: ¿pueden las competiciones deportivas mantenerse al margen de los conflictos internacionales? ¿Quién debe decidir ante situaciones de seguridad? ¿Se repetirá algo similar en otras pruebas ciclistas o eventos deportivos?

La edición 2025 de la Vuelta será recordada no solo por sus etapas, sus puertos o sus héroes sobre dos ruedas, sino como la carrera que no pudo entrar en Madrid. Un símbolo de que, a veces, el deporte no logra escapar del ruido del mundo.

Facebook
Twitter
LinkedIn
Email
WhatsApp