A sus 19 años, el campeón de boxeo de Santo Domingo 2026 carga con el peso de su familia, mientras sueña con construir un futuro lejos de las precariedades que marcaron su infancia.
Hay golpes que se reciben sobre un cuadrilátero y otros que llegan sin avisar, mucho más difíciles de esquivar. Disney Ezequiel Medina conoce ambos.
A sus 19 años, recién cumplidos, el joven boxeador acaba de vivir uno de los momentos más importantes de su carrera: subir a lo más alto del podio y colgarse la medalla de oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026.
Pero cuando las luces del escenario se apagan, las ovaciones terminan y la medalla queda guardada, Medina regresa a una realidad muy diferente.
En su hogar de La Zurza, uno de los sectores más vulnerables del Distrito Nacional, comienza otra pelea. Una que no se disputa con guantes ni tiene campanas que marquen el final.
Es la pelea por sobrevivir.
Medina no tiene una vivienda propia. Vive alquilado junto a su familia en una humilde casa de zinc que él mismo describe como “un calvario”.
Los agujeros del techo, las condiciones deterioradas del piso y las limitaciones económicas forman parte de su día a día. Allí vive junto a su madre, Rosy Gómez, y su hermano menor.
A pesar de su juventud, Disney ha tenido que asumir responsabilidades que normalmente recaerían sobre hombros mucho mayores.
“Yo básicamente soy el hombre de la casa, pero también necesito. Es realmente muy difícil para mí cuando veo que mi madre necesita alguna pastilla y no tengo el dinero para comprársela”, relató el campeón.
Su madre padece de tiroides y, aun con sus propias dificultades de salud, trabaja haciendo “chiripas” en una banca de lotería para contribuir con los gastos del hogar.
La situación económica de la familia ha llegado a momentos especialmente dolorosos.
Medina recuerda que este mismo año su madre llegó a quedarse sin comer para que él y su hermano pudieran alimentarse.
“Ella estando enferma, incluso se quedó con hambre para que nosotros comiéramos. Y aunque le lloré para que comiera, decidió que comiéramos nosotros”, contó.
Es una escena difícil de imaginar cuando se piensa en un medallista de oro. Pero esa es precisamente la contradicción que acompaña la vida del joven campeón: mientras su medalla representa triunfo, sacrificio y gloria deportiva, su hogar le recuerda todos los días cuánto falta por conquistar.
Cuando el dinero no alcanza, Medina no espera sentado.
Durante los fines de semana se dedicaba a lavar vehículos para conseguir ingresos adicionales. Hoy no lo hace con la misma frecuencia, pero todavía conserva la máquina y los equipos que utilizaba.
Los guarda porque sabe que, si la situación vuelve a apretar, tendrá que utilizarlos otra vez.
Y no siente vergüenza.
“A mí no me da vergüenza que vean que un medallista está lavando carro. Yo lo que nunca voy a hacer es lo malo y tampoco dejaré a mi mamá morir”, afirmó.
En esa frase quizás se encuentra la verdadera dimensión de su carácter.
El mismo joven que sube al ring para representar a la República Dominicana es también el hijo que piensa en cómo conseguir dinero para comprarle medicamentos a su madre.
En medio de las dificultades hubo alguien que ayudó a Disney a encontrar otro camino.
Su padrastro, Ramón Isidro Severino, a quien considera su padre, fue fundamental para que el boxeo entrara en su vida.
Severino había pertenecido a la preselección nacional de boxeo antes de retirarse. Conocía el sacrificio, la disciplina y las exigencias de este deporte.
Desde pequeño, Disney tenía un carácter fuerte y no le temía a las peleas. Su padrastro decidió entonces transformar aquella energía en disciplina y llevarlo por un camino diferente.
A los ocho años comenzó a entrenar formalmente.
Desde entonces llegaron las primeras medallas y, con ellas, la certeza de que aquellos golpes podían servir para construir una vida distinta.
“La relación mía y de él ha sido una relación con mucha confianza. Me ayudó muchísimo”, recuerda Medina.
La rutina del campeón tampoco conoce demasiados descansos.
Sus entrenamientos comienzan a las 5:30 de la mañana. Después llega una segunda sesión durante la tarde. Entre ambas jornadas intenta continuar con sus estudios bajo la modalidad de Prepara.
Pero sus sueños van más allá del boxeo.
Medina quiere aprender inglés y portugués, motivado en parte por la experiencia que vivió durante un campamento en Brasil.
Porque para él, ganar medallas es importante, pero también lo es prepararse para la vida que vendrá después del deporte.
Fuera del gimnasio y lejos del cuadrilátero, el joven de 19 años también encuentra tiempo para ser simplemente Disney.
Los fines de semana juega dominó, parchís y Free Fire junto a sus compañeros. Entre risas, presume de haber alcanzado el rango “heroico”.
Es el lado cotidiano de un muchacho que, pese a cargar con responsabilidades de adulto, todavía conserva espacios para divertirse como cualquier joven de su edad.
Y quizá ahí está una de las mayores fortalezas de su historia.
Disney Medina no quiere ser definido por sus carencias.
Quiere ser recordado por sus triunfos.
La medalla de oro que consiguió en Santo Domingo 2026 es una prueba de que los obstáculos no han conseguido detenerlo. Pero también es un recordatorio de todo lo que todavía queda por hacer.
Porque el combate más importante de Disney no terminó cuando sonó la última campana.
Y allí, entre un techo con goteras, las necesidades de su familia y los sueños de un joven que se niega a rendirse, el campeón dominicano sigue peleando.