El suizo regresará al estadio Arthur Ashe para una exhibición junto a Andy Roddick, John McEnroe y Andre Agassi. A sus 45 años, dejó claro que no contempla volver a competir profesionalmente.
Nueva York volverá a recibir a Roger Federer, aunque esta vez no será para buscar otro título ni para escribir una nueva página en la historia del tenis. El legendario suizo regresará este martes al estadio Arthur Ashe para participar en una exhibición que, más que un partido, representa una oportunidad para reencontrarse con el público que tantas veces lo acompañó durante su extraordinaria carrera.
Federer, ganador de 20 títulos de Grand Slam, reconoció que siente cierta incertidumbre antes de volver a disputar un set de individuales, algo que no hace desde hace varios años. Su rival será Andy Roddick, en un duelo que promete despertar la nostalgia de una época dorada del tenis.
Después llegará el turno de los dobles. Federer hará pareja con John McEnroe para enfrentarse a Roddick y Andre Agassi. Será una noche cargada de figuras históricas y, sobre todo, de recuerdos.
“Hay mucha incertidumbre, pero también mucha felicidad de poder volver al Arthur Ashe”, expresó Federer, consciente del significado especial que tiene regresar al escenario donde protagonizó algunos de los momentos más brillantes de su carrera.
Federer nunca tuvo la oportunidad de despedirse oficialmente del público neoyorquino como jugador. Su último partido en el US Open fue en 2019, cuando cayó ante Grigor Dimitrov en los cuartos de final.
En aquel momento, nadie podía imaginar que aquel encuentro sería su última participación en el torneo. Federer todavía competía al más alto nivel y meses antes había disputado una final memorable de Wimbledon contra Novak Djokovic.
Sin embargo, las lesiones comenzaron a marcar el tramo final de su carrera. En 2020 tuvo que someterse a varias intervenciones en la rodilla y, aunque intentó regresar, su cuerpo terminó imponiendo el límite.
Volvió a competir en Roland Garros en 2021, pero se retiró antes de disputar los octavos de final pensando en cuidar su rodilla. Posteriormente llegó Wimbledon, donde perdió ante Hubert Hurkacz en los cuartos de final, incluyendo un contundente 6-0 en el tercer set.
En agosto de ese mismo año volvió a pasar por el quirófano. Con el tiempo, Federer entendió que ya no había camino de regreso.
“La rodilla ya no puede. Está cansada. La mente ya no puede tener más paciencia y esperar otro par de años a ver qué pasa”, recordó sobre aquel momento.
La presencia de Federer en Nueva York podría despertar la ilusión de algunos aficionados que sueñan con verlo nuevamente competir en un torneo oficial. Pero el propio suizo se encargó de apagar cualquier especulación.
Cuando le preguntaron si contemplaba regresar al tenis competitivo, fue tajante.
“No, no, no, no. No, para nada”, respondió.
A sus 45 años, Federer mantiene una buena condición física y disfruta de sus entrenamientos en el gimnasio, pero reconoce que pasa largos períodos sin jugar tenis. Por eso, su aparición en el Arthur Ashe debe entenderse como una celebración y no como el inicio de un regreso.
Más allá del resultado de la exhibición, Federer entiende que el verdadero significado de la noche estará en el encuentro con los aficionados.
El suizo recordó que, en una visita anterior al US Open, recibió una gran ovación cuando apareció en la pantalla gigante del estadio. Esta vez será diferente: estará nuevamente sobre la cancha.
“Realmente me da una oportunidad verdadera de decir gracias y adiós, lo cual creo que es importante para algunos”, señaló.
Y quizá ahí esté el verdadero valor de su regreso.
Federer no vuelve para ganar. No vuelve para perseguir otro Grand Slam. No vuelve para demostrar que todavía puede competir con los mejores. Vuelve para cerrar un capítulo que quedó abierto y para compartir, una última vez, la cancha con quienes hicieron de su carrera algo inolvidable.
Después de Nueva York, el suizo viajará a Newport, Rhode Island, donde será incorporado al Salón Internacional de la Fama del Tenis.
El Arthur Ashe volverá a escuchar su nombre. Esta vez, probablemente, no como el de un campeón que busca otra corona, sino como el de una leyenda que regresa a casa para decir gracias.