Por décadas, la figura de Ricardo Joseph quedó grabada en la memoria del béisbol dominicano como la de un jugador aguerrido, poderoso con el bate y dueño de una carrera respetable tanto en Lidom como en las Grandes Ligas. Sin embargo, detrás de esa historia deportiva existe otra profundamente humana: la de su única hija, Tanya Pérez, quien desde hace años intenta reconstruir el vínculo con las raíces de su padre.
El próximo 15 de noviembre será una fecha inolvidable para Tanya. Ese día, el ex antesalista e inicialista será exaltado de manera póstuma al Pabellón de la Fama del Deporte Dominicano, un reconocimiento que ella considera un acto de justicia para uno de los grandes olvidados del béisbol nacional.
“Ese día será muy especial”, expresó Tanya, emocionada por representar a su padre en el ceremonial y recibir los honores en su nombre.
Desde 1975 reside junto a su madre Yolanda en Países Bajos, antigua Holanda, pero nunca ha dejado de sentir conexión con la tierra que vio nacer a su progenitor.
“Para mí significa muchísimo. Es algo que me hace sentir muy orgullosa de él”, comentó durante una visita al país.
Nacido en el Ingenio Santa Fé, en San Pedro de Macorís, Ricardo Joseph fue el dominicano número 15 en llegar a las Grandes Ligas. Los entonces Atléticos lo ascendieron el 18 de junio de 1964, cuando tenía apenas 24 años.
En el béisbol otoño-invernal dominicano dejó huellas profundas. Vistió durante nueve temporadas el uniforme de los Leones del Escogido, tres campañas con las Águilas Cibaeñas y una con las Estrellas Orientales.
Sus números respaldan su legado: promedio de .267, 483 hits, 37 cuadrangulares y más de 200 carreras impulsadas en 1,810 turnos oficiales. Fue además uno de los primeros jugadores en alcanzar la barrera de los 30 jonrones en la historia de Lidom.
“Él fue un buen pelotero y siento que no le habían dado el reconocimiento que merece”, afirma Tanya.
La vida, sin embargo, separó muy temprano a padre e hija. Tanya dejó República Dominicana siendo apenas una niña y durante años tuvo escaso contacto con Joseph.
Aun así, conserva recuerdos imborrables de él como un hombre cariñoso y un padre amoroso.
“Mi papá siempre le dijo a mi madre que desde que yo tuviera un hijo le pusiera su nombre”, revela.
La promesa se cumplió. Su segundo hijo, hoy de 31 años, lleva el nombre Ricardo, en honor al ex pelotero. Curiosamente, nació un 24 de agosto, la misma fecha de nacimiento de Joseph en 1939.
Uno de los episodios más difíciles de su vida ocurrió en agosto de 1979, cuando regresó al país para reencontrarse con su padre. La agresiva diabetes que padecía había consumido físicamente al otrora robusto jugador de 215 libras.
Tanya apenas pudo reconocerlo en el Hospital Moscoso Puello.
“Tal vez porque dejé de verlo cuando tenía cuatro años o por cómo estaba físicamente”, recuerda.
Un mes después, el ex pelotero falleció en ese centro asistencial. Apenas pesaba 60 libras.
En su columna “Béisbol del Ayer”, el cronista Emilio “Cuqui” Córdova narró que Enrique Lantigua y Rafael Valdez, entonces presidente y tesorero de la Federación de Peloteros Profesionales, se encargaron prácticamente solos del sepelio del ex jugador, en medio de la crisis nacional provocada por el paso del ciclón David.
A pesar de la distancia y del tiempo, Tanya no olvida. Cada cierto tiempo vuelve a República Dominicana para visitar la tumba de su padre, encenderle un velón y llevarle flores.
Hoy, a 51 años de haber emigrado a Europa, siente que el país comienza finalmente a saldar una deuda histórica con Ricardo Joseph.
Y mientras el nombre del ex pelotero se prepara para entrar al inmortal recinto del deporte dominicano, su hija también encuentra algo invaluable: el reencuentro definitivo con sus raíces.