«Colí»,

Los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe: ¿la edición del centenario?

Santo Domingo 2026: una celebración deportiva que miró al pasado, disfrutó el presente y dejó un desafío para el futuro

Los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe llegaron a su final el 8 de agosto de 2026 en el Estadio Olímpico Félix Sánchez. La ceremonia de clausura puso el punto final a una fiesta deportiva que durante varias semanas convirtió a Santo Domingo en escenario del talento, la competencia y la fraternidad de los pueblos de Centroamérica y el Caribe.

Pero estos Juegos tuvieron algo más que medallas, récords y grandes ceremonias. Tuvieron historia.

Y precisamente ahí aparece una pregunta que merece ser planteada: ¿fueron los Juegos de Santo Domingo 2026 la verdadera edición del centenario?

La respuesta no es tan sencilla.

Los Juegos Centroamericanos y del Caribe tienen sus raíces en 1926, cuando se celebró en Ciudad de México la primera edición bajo el nombre de Juegos Centroamericanos. Sin embargo, no fue hasta 1935 cuando la competición incorporó oficialmente la denominación Centroamericanos y del Caribe.

Por eso, aunque 2026 marca un siglo desde aquella primera experiencia regional, el centenario de los Juegos Centroamericanos y del Caribe, en sentido estricto, podría situarse en 2035.

La historia comenzó después de los Juegos Olímpicos de París 1924. La actuación de México impulsó a la Sociedad Olímpica Mexicana a plantear la creación de una competición regional que permitiera a los países centroamericanos elevar su nivel deportivo.

Cuba y Guatemala respaldaron la iniciativa, mientras los mexicanos Alfredo Cuéllar y Enrique Aguirre realizaron las gestiones necesarias ante el Comité Olímpico Internacional para conseguir el reconocimiento internacional.

El acta de creación fue firmada en París el 4 de julio de 1924. Dos años después, Ciudad de México recibió la primera edición.

Desde entonces, los Juegos se han convertido en una de las grandes tradiciones deportivas de la región y, durante décadas, han servido como plataforma para atletas que posteriormente alcanzaron protagonismo mundial.

La historia, por tanto, tiene una deuda que deberá saldarse con precisión cuando llegue 2035. Si ese año se celebra el centenario de los Juegos Centroamericanos y del Caribe propiamente dichos, será lógico que México tenga un papel protagonista.

Pero Santo Domingo 2026 también merece su propio lugar en la historia.

La República Dominicana asumió un desafío enorme.

Los Juegos se celebraron apenas semanas después del Mundial de fútbol México-Canadá-Estados Unidos 2026, uno de los acontecimientos deportivos más grandes del planeta. La comparación era inevitable: tres países con enormes recursos y una audiencia global frente a una nación caribeña que apostaba por demostrar que también podía organizar una gran fiesta deportiva.

Y Santo Domingo respondió.

Las ceremonias de apertura y clausura estuvieron acompañadas por tecnología, música, cultura y un despliegue visual que buscó proyectar una imagen moderna de la República Dominicana. Pero más allá del espectáculo, hubo algo que no se puede fabricar con tecnología: el calor humano.

La hospitalidad dominicana volvió a ser parte esencial del evento. Atletas, delegaciones y visitantes encontraron una ciudad que convirtió los Juegos en una celebración que trascendió los escenarios deportivos.

En medio del ruido geopolítico que rodeó al Mundial y de las diferencias entre sus principales protagonistas internacionales, Santo Domingo ofreció otra narrativa: la del deporte como punto de encuentro.

Un evento de esta magnitud no se construye de la noche a la mañana.

El presidente Luis Abinader tuvo un papel central como principal figura institucional del proyecto y como uno de los grandes impulsores del entusiasmo alrededor de los atletas dominicanos.

También merece reconocimiento el trabajo realizado desde el Ministerio de Obras Públicas, encabezado por el ingeniero Eduardo Estrella, particularmente por la transformación y adecuación del Centro Olímpico Juan Pablo Duarte, convertido en uno de los principales corazones deportivos de Santo Domingo 2026.

Desde el Ministerio de Deportes, el ingeniero Kelvin Cruz tuvo la responsabilidad de conducir el sector durante una edición en la que la República Dominicana terminó en el quinto lugar del medallero, un resultado que refleja el crecimiento y la competitividad del deporte nacional.

Los nombres pueden ser muchos, pero el resultado pertenece a todo un país.

Los Juegos dejaron triunfos que quedarán en la memoria, pero su verdadero legado no debería medirse únicamente por el número de medallas.

Unos Juegos sirven también para construir instalaciones, formar atletas, estimular a los jóvenes y despertar nuevas vocaciones deportivas.

Y aquí aparece un desafío interesante para la República Dominicana: no limitar el concepto de deporte al músculo.

El país también puede aspirar a desarrollar los llamados deportes de la mente.

Entre ellos se encuentra el Go, un milenario juego de estrategia de raíces asiáticas que ya cuenta con una Asociación Dominicana de Go internacionalizada y con jugadores y maestros reconocidos fuera del país.

Quizás sea tiempo de abrirle un espacio mayor.

Porque mientras celebramos las glorias obtenidas en las pistas, piscinas, canchas, tatamis y cuadriláteros, también podemos comenzar a construir futuras glorias frente a un tablero.

Los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe ya son historia.

Ahora comienza la etapa más importante: decidir qué hacemos con esa historia.

Santo Domingo demostró que puede organizar un gran evento deportivo, que sus atletas pueden competir al más alto nivel y que su gente puede convertir una competición internacional en una auténtica fiesta.

México tendrá, cuando llegue el momento, la responsabilidad histórica de reivindicar el origen de aquellos primeros Juegos de 1926 y de recordar que fue allí donde comenzó esta extraordinaria aventura.

Pero la República Dominicana también tendrá algo que celebrar: haber escrito uno de los capítulos más importantes de la historia reciente de los Juegos Centroamericanos y del Caribe.

El centenario puede tener una fecha discutible.

El legado de Santo Domingo 2026, en cambio, ya está escrito.

Y ahora corresponde convertirlo en futuro.

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