Yoshinobu Yamamoto rozó el juego perfecto durante 8.1 entradas ante los Chicago White Sox. Retiró a los primeros 23 bateadores del partido con una autoridad impresionante, hasta que el sueño se rompió en la octava entrada por un error defensivo de Mookie Betts. En la novena, la posibilidad del no-hitter también desapareció tras un cuadrangular de Tristan Peters.
El marcador no acompañó del todo a la narrativa, pero la actuación del lanzador japonés fue de esas que se quedan grabadas. Al final, firmó una línea de 8.1 entradas, apenas un imparable, una carrera y siete ponches, confirmando su nivel de élite y reforzando su candidatura al Cy Young de la Liga Nacional.
En el vestuario, sin embargo, el ambiente estuvo lejos de la frustración. Shohei Ohtani, siempre cercano a su compatriota, le recibió entre bromas por lo cerca que estuvo de hacer historia. Un gesto ligero que ayudó a aliviar la tensión del momento, pero que no opacó lo más importante: el reconocimiento total a su labor en el montículo.
La relación entre Ohtani y Yamamoto se ha convertido en uno de los grandes puntos de conexión dentro de los Dodgers. Más allá de la nacionalidad compartida, ambos han construido una complicidad que trasciende lo deportivo y que ya se nota dentro y fuera del campo.
Mookie Betts, por su parte, asumió la responsabilidad por la jugada que rompió el juego perfecto. “Fue una roleta rutinaria. No hay excusas”, reconoció tras el partido, sin intentar justificar el error.
Lo que pudo haber sido una noche de récord terminó siendo otra cosa: una muestra de carácter colectivo. Porque en estos Dodgers, incluso cuando la historia se escapa por centímetros, el grupo encuentra la manera de quedarse con algo más grande que una estadística.