La sinfonía del béisbol abarca mucho más que el estruendo del bate al chocar con la pelota. En los estadios del otoño-invernal dominicano, la experiencia sonora incluye melodías que acompañan a cada jugador en su camino hacia el plato, piezas musicales que revelan su personalidad y preparan al público para el próximo turno al bate. Para muchos peloteros, elegir una canción es un acto de identidad; para los fanáticos, una invitación inmediata al entusiasmo.
Mientras en Citi Field vibra el reguetón con Suave, de Jey One, cada vez que Juan Soto se acerca a la caja de bateo, en el Estadio Quisqueya Juan Marichal el veterano Emilio Bonifacio pone a bailar a todo el público con El lápiz de Los Hermanos Rosario. Así, las canciones de entrada —o “walk-up songs”— se han convertido en un elemento indispensable del ambiente beisbolero.
Aunque hoy la mezcla musical en un estadio parece tan natural como el marcador electrónico, no siempre fue así. La historia moderna de las walk-up songs se remonta a 1970, cuando los Medias Blancas de Chicago contrataron a Nancy Faust como organista de Comiskey Park. Su trabajo revolucionó el ambiente del estadio y marcó el inicio de una era en la que la música se utilizaba para caracterizar a los jugadores.
Según relata Michael Clair en un artículo publicado por MLB, al principio la música en los estadios estaba más asociada a los cánticos espontáneos de los aficionados que a piezas seleccionadas para un jugador específico. Ya en la Serie Mundial de 1903, fanáticos de los Medias Rojas y los Piratas entonaban canciones como Tessie para animar a sus equipos. Pero la idea de asignar un tema musical a un pelotero surgió cuando Faust empezó a elegir canciones basadas en los comentarios del icónico narrador Harry Caray.
Un ejemplo legendario ocurrió tras un comentario sobre el corpulento Frank Howard, para quien Faust eligió I Feel the Earth Move Under My Feet. Aquella selección, tan ingeniosa como personal, se convirtió en un sello para el jugador y en el germen de una tradición que terminaría expandiéndose por todo el béisbol.
En 1990, los Marineros de Seattle dieron otro paso al comenzar a usar música grabada en el Kingdome, aunque en un inicio se trataba de melodías instrumentales. Y en 1995, un joven Derek Jeter marcó un antes y un después cuando eligió This Is How We Do It, de Montell Jordan, como su canción de entrada, abriendo la puerta al boom actual de temas personalizados.
Con el tiempo, la MLB reguló incluso la duración de estas canciones: de fragmentos que antes podían durar 30 segundos o más, se pasó a un límite de 15 segundos en 2014 y de 10 segundos desde 2023.
En la Liga de Béisbol Profesional de la República Dominicana (LIDOM), la tradición surgió de manera paralela. Luis “Luisito” Beltrán, voz interna de los Tigres del Licey desde la temporada 1993-94, recuerda que en un principio no se reproducía música durante el juego: “Cuando al inicio solamente se presentaba a los jugadores, no había nada en lo absoluto. La única música que se conocía ahí era el himno nacional al principio de los partidos”, rememora.
Con el tiempo aparecieron canciones alusivas a los equipos, muchas veces adaptaciones de merengues populares por artistas como Kinito Méndez, Toño Rosario, Vakeró, Diómedes y El Grupo Mío. Más adelante se incorporaron los discjockeys, entre ellos el fenecido Ricardo Herrera, pieza clave en el desarrollo del ambiente sonoro en el estadio.
Entre 1995 y 1997, los refuerzos extranjeros comenzaron a solicitar canciones particulares, algo novedoso para la época. Nombres como Randall Simon, Eric Byrnes, Elijah Dukes y Brian Daubach figuran entre los pioneros de este hábito dentro del béisbol dominicano.
El cronista Bienvenido Rojas aporta otra pincelada histórica: en la década de los 50, los fanáticos liceístas coreaban el merengue Juanita Morel del Trío Reynoso en apoyo a uno de sus bateadores. Ya para finales de los 80, la liga cedió a Licey y Escogido el control de los altoparlantes del Estadio Quisqueya. Joe Martínez, por el Escogido, y Pablo Aybar Tamárez “Madam”, por el Licey, fueron pioneros en el nuevo esquema. “Madam” incluso llevó a un pianista, Danny de León, para interpretar melodías en vivo, una práctica que recordaba a la de Nancy Faust en Chicago.
Con la expansión del repertorio musical, llegó también la necesidad de moderar el contenido. Aunque los jugadores pueden escoger cualquier tema, se procura evitar letras con lenguaje explícito para preservar el ambiente familiar del estadio.
El béisbol, por su propio ritmo —lleno de pausas naturales entre jugadas—, creó sin proponérselo el espacio perfecto para la música. Hoy, las walk-up songs son parte esencial del espectáculo, no solo en Grandes Ligas o LIDOM, sino también en ligas menores, torneos universitarios y casi todas las categorías del deporte.
En la temporada 2025-2026 de LIDOM, cada bateador seleccionó una canción que lo acompañará cada vez que se anuncie su turno. Para muchos, es una forma de motivación. Para otros, de conexión con los fanáticos. Y para todos, un recordatorio de que en el béisbol, como en la música, cada nota cuenta.