La Liga de Béisbol Profesional de la República Dominicana (Lidom) atraviesa un proceso de crecimiento continuo, no solo en la calidad de sus jugadores y la estructura de sus franquicias, sino también en un aspecto crucial del juego: el arbitraje. En los últimos años, la liga ha realizado importantes esfuerzos para elevar el nivel de sus umpires, incorporando instructores internacionales, desarrollando programas locales de capacitación y adoptando herramientas tecnológicas como la revisión de jugadas. Todo esto evidencia un compromiso firme con la transparencia y la justicia en el terreno.
Sin embargo, a pesar de estos avances, es imposible eliminar completamente el margen de error. El béisbol —como cualquier deporte— se desarrolla en tiempo real, con jugadas rápidas y decisiones sujetas a interpretación humana. Precisamente por eso existe la revisión: para corregir, no para culpar. Cuando una jugada inicialmente decretada out resulta ser safe tras el análisis en video, el sistema demuestra su eficacia. Se enmienda la decisión y el juego sigue. No hay trampa. No hay persecución. Hay corrección.
En este contexto, resulta preocupante la campaña de críticas desmedidas que ha surgido recientemente contra los árbitros. No se trata solo de cuestionar un llamado dudoso; se trata de una narrativa que intenta desacreditar la integridad de quienes garantizan el orden en el terreno. Esta presión pública no solo afecta a los árbitros, sino que golpea directamente la credibilidad de la propia Lidom y del béisbol dominicano.
Algunos protagonistas del juego contribuyen involuntariamente a este ambiente enrarecido. Las constantes protestas del dirigente de las Águilas Cibaeñas, Pipe Urueta, por ejemplo, generan un clima innecesariamente tenso que se contagia a sus jugadores. Y cuando ciertos peloteros llevan sus quejas a las redes sociales para atacar a los árbitros, el mensaje que recibe la fanaticada es aún más hostil. Así se alimenta un ciclo de desconfianza que nada aporta al deporte.
Los umpires merecen trabajar en paz. Cometen errores, sí, como cualquier ser humano, pero existe un mecanismo oficial para corregirlos. La revisión está ahí para garantizar justicia, no para avivar teorías de complots arbitrales. Atacarlos públicamente solo desconcentra a los equipos, encona a los fanáticos y distorsiona el verdadero espíritu del juego.
Lidom ha avanzado mucho para profesionalizar su arbitraje. Lo responsable ahora es reconocer ese esfuerzo, moderar las críticas y permitir que el sistema continúe perfeccionándose. El béisbol se juega en equipo, y eso incluye respetar a quienes lo hacen posible desde detrás del plato.
Es hora de calmar las aguas y devolverle al juego la serenidad que merece.