La era de los 100 mph: velocidad extrema, emoción… y un alto costo.

La velocidad en el béisbol profesional ha alcanzado cotas inéditas. Lo que hace apenas una década parecía una rareza —un lanzamiento que superara las 100 millas por hora (mph)— hoy se ha convertido en una tendencia generalizada. Pero mientras los fanáticos celebran los highlights virales y los directivos se aferran a las métricas que avalan su efectividad, los cuerpos de los lanzadores están pagando un precio cada vez más alto.

En el arranque de la postemporada 2025, Mason Miller, relevista de los Padres, alcanzó los titulares y más de 10 millones de vistas en redes con un lanzamiento que dejó congelado a Carson Kelly (Cubs). ¿La razón? Su recta fue medida en 105.5 mph, la más rápida desde que MLB comenzó a registrar cada pitcheo con radar en 2008.

Apenas unos días después, Jacob Misiorowski, prospecto de los Cerveceros con 6’7” de estatura, deslumbró lanzando 31 de sus 57 envíos por encima de las 100 mph. Cinco de ellos rebasaron incluso las 103. Aunque el cubano Aroldis Chapman sigue ostentando el récord absoluto (105.8 mph en 2010), la competencia es cada vez más feroz… y veloz.

La estadística lo confirma: en 2025, los abridores realizaron 761 lanzamientos a 100 mph o más, casi el triple de los 264 del año pasado, según Baseball America. En 2018, apenas se registraron menos de 200. Además, 23 abridores lograron alcanzar los tres dígitos este año, un récord histórico.

El motivo es claro: los lanzamientos más rápidos son más difíciles de batear. Desde 2010, la velocidad promedio de las rectas de cuatro costuras —el pitcheo más común— subió de 92.2 a 94.1 mph. En ese mismo periodo, el promedio de bateo colectivo descendió de .257 a .245 y el OPS (porcentaje de embasarse más slugging) cayó de .783 a .719.

Paradójicamente, aunque la ofensiva baja en consistencia, el aumento en cuadrangulares ha mantenido la producción ofensiva estable: las carreras por juego pasaron de 4.38 en 2010 a 4.45 en 2025.

Sin embargo, el espectáculo tiene su lado oscuro. Un informe publicado en diciembre pasado por la MLB, con la participación de más de 200 especialistas, concluyó que el principal factor en el aumento de lesiones en hombros y codos es la obsesión por lanzar más duro.

Las cirugías Tommy John —que reemplazan el tendón del codo— se han disparado: en 2010 se realizaron 21 en MLB y 83 en ligas menores. En 2023, la cifra alcanzó las 46 en Grandes Ligas y 240 en las menores. Los lanzadores también pasaron más tiempo fuera de acción: de 15,000 días en lista de lesionados en 2010 a más de 29,000 en 2024.

Para mantener el ritmo, los equipos han tenido que ampliar su rotación de lanzadores. En 2010, se usaron 635 pitchers en toda la temporada. En 2025, la cifra fue de 873, la segunda más alta en la historia, solo superada por los 909 utilizados en 2021.

La constante rotación no solo encarece las nóminas, sino que incrementa la exigencia sobre las academias y las ligas menores, obligadas a producir más talento para cubrir bajas por lesión.

La velocidad ha transformado el béisbol moderno: aumenta el dramatismo, reduce el margen de error del bateador y enciende las redes con cada pitcheo que roza las 105 mph. Pero también plantea una pregunta incómoda: ¿vale la pena sacrificar salud y longevidad por unas cuantas millas por hora más?

Con más lanzadores en cirugía, más días perdidos y más brazos rotos, el béisbol parece enfrentar una disyuntiva entre espectáculo y sostenibilidad. La era de la velocidad extrema ha llegado, pero sus consecuencias apenas comienzan a medirse.

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