Las calles de Kigali lucen renovadas, el asfalto recién puesto brilla bajo el sol africano y las gradas instaladas en las principales avenidas ya se llenan de espectadores. Ruanda se ha convertido, por primera vez en la historia, en el anfitrión de los Campeonatos Mundiales de Ciclismo. No se trata solo de un evento deportivo: es una victoria diplomática para un país que busca transformar su imagen a través del deporte, pese a las duras críticas por su historial en derechos humanos y su papel en conflictos regionales.
Desde hace años, Ruanda ha apostado por el deporte como estrategia de proyección internacional. La llegada de 5.000 ciclistas y 20.000 visitantes extranjeros para los Mundiales representa un hito en esa política. «Hemos trabajado en todas las infraestructuras para acoger los campeonatos mundiales», afirma con orgullo Samson Ndayishimiye, presidente de la Federación Ruandesa de Ciclismo (FERWACY). «Definitivamente estamos listos».
La Vuelta a Ruanda, creada en 1988, fue interrumpida durante la década más oscura del país: entre 1991 y 2000, cuando el genocidio de los tutsis en 1994 dejó cerca de 800.000 muertos. Desde entonces, bajo el liderazgo del presidente Paul Kagame, Ruanda ha experimentado una notable transformación económica, especialmente visible en la capital, Kigali.
Sin embargo, esa modernización va de la mano con fuertes acusaciones contra el gobierno ruandés por su autoritarismo y por silenciar la oposición política. Kagame, reelegido el año pasado para un cuarto mandato con el 99,18% de los votos, es señalado también por su presunto apoyo militar al grupo armado M23, que ha desestabilizado el este de la vecina República Democrática del Congo.
Aun así, la Unión Ciclista Internacional (UCI) decidió en 2021 mantener su confianza en Ruanda como sede del Mundial, convirtiéndose en el primer país africano en acoger este evento. Incluso tras las advertencias de la ONU sobre posibles crímenes de guerra en la región, la competición no fue cancelada, a pesar de la presión diplomática internacional.
«Si bien el evento en sí no es político, su realización representa una victoria política para el gobierno de Ruanda», señala el analista político Louis Gitinywa. Una fuente gubernamental, que pidió el anonimato, admite que el país no busca entrar en debates éticos, pero celebra el logro.
«Ruanda no está impoluto. Su historial en derechos humanos es problemático», reconoce Gitinywa, quien también critica el doble rasero internacional. “¿Quién tiene la autoridad moral para negar oportunidades? Se criticó a Catar por el Mundial de fútbol en 2022, pero nadie cuestiona que Estados Unidos, México y Canadá lo organicen en 2026, a pesar de sus propios problemas internos”, añade.
Ruanda no es ajena a esta lógica del «soft power» deportivo. Su marca turística «Visit Rwanda» patrocina a gigantes del fútbol como Arsenal, PSG y Atlético de Madrid. Además, el país colabora con la NBA y sueña con acoger en el futuro un Gran Premio de Fórmula 1.
“El deporte es una herramienta de promoción nacional, de turismo y de crecimiento económico”, resume el consultor deportivo eritreo Fenan Atobrhan, residente en Kigali.
Aunque los resultados turísticos aún no son espectaculares, hay progresos: de 1,2 millones de turistas en 2017 se pasó a 1,6 millones en 2019, antes de la caída global por la pandemia. En 2024, la cifra se situó en 1,36 millones.
Pero el impacto real de esta inversión es debatido. “Poner un nombre en una camiseta o en un estadio ayuda, pero es extremadamente caro y la gente lo olvida”, advierte Simon Anholt, experto en percepción internacional de países. Aun así, cree que los Mundiales de Ciclismo permitirán a muchos «descubrir la belleza de Ruanda» y romper prejuicios.
Mientras los ciclistas recorren las colinas de Kigali, el gobierno ruandés se juega algo más que una medalla: su prestigio internacional. “Estos Mundiales son una excelente ocasión para que el mundo entienda por qué decimos ‘Visit Rwanda’”, concluye Ndayishimiye.
En cada pedaleo, Ruanda busca algo más que velocidad: busca reconocimiento, respeto y un lugar en la primera línea del mapa global. Lo que queda por ver es si la comunidad internacional está dispuesta a aplaudir el espectáculo… sin olvidar el telón de fondo.