El histórico encuentro durante el Fin de Semana de las Estrellas expone tensiones entre la liga y sus atletas.
Durante el reciente Fin de Semana del Juego de Estrellas de la WNBA, el ambiente no estuvo dominado solo por celebraciones y grandes jugadas. Fuera de la cancha, se desarrolló un encuentro clave entre las jugadoras y la liga para discutir un nuevo acuerdo laboral. Lejos de generar avances, el encuentro fue calificado por varias atletas como “una oportunidad desperdiciada” y una clara “falta de respeto”.
Con la participación de 40 jugadoras —entre ellas veteranas, novatas, estrellas y suplentes—, se trató del mayor encuentro colectivo desde la «Wubble», la burbuja sanitaria organizada en 2020 por la pandemia. La magnitud de la reunión fue una fuerte demostración del compromiso de las jugadoras por lograr un cambio significativo.
“Espero que esto acelere el proceso, para que no estemos yendo y viniendo como si quisieran probarnos a ver quién cede primero. Porque nosotras no vamos a ceder,” expresó Napheesa Collier, ala-pívot de Minnesota Lynx, vicepresidenta de la Asociación de Jugadoras y candidata al MVP esta temporada.
La frustración es palpable. Han pasado nueve meses desde que las jugadoras rechazaron el contrato anterior y cinco desde que presentaron sus nuevas propuestas. Aun así, representantes de la liga llegaron al encuentro sin preparación ni una intención clara de negociar.
Breanna Stewart, también vicepresidenta del sindicato, lo describió con incredulidad: “Fue impactante. Apenas hubo puntos en común. Tal vez dos temas sobre los que podemos avanzar.”
Las jugadoras sienten que la liga mantiene una actitud paternalista, similar a la que mostró U.S. Soccer antes de que la selección femenina de fútbol estadounidense ganara su histórica demanda por igualdad salarial en 2019. En aquel entonces, el discurso de que las jugadoras debían estar “agradecidas” por competir fue duramente castigado por la opinión pública. Hoy, muchas atletas de la WNBA ven un paralelismo preocupante.
“La WNBA parece pensar que debemos agradecerles por dejarnos jugar,” comentaron jugadoras en privado. “Pero esa mentalidad no se aplica a los equipos masculinos, incluso cuando pierden dinero año tras año.”
La paradoja es evidente: la WNBA está en plena expansión. A partir del próximo año, la liga recibirá $200 millones anuales en derechos televisivos. El valor de las franquicias está en alza, y los patrocinadores compiten por invertir. Sin embargo, los salarios de las jugadoras permanecen estancados en $250,000, con solo un 10% de participación en los ingresos, muy lejos del 50% que se otorga en muchas ligas masculinas.
“Queremos parte de ese crecimiento,” exigió Aja Wilson, una de las figuras más destacadas del campeonato. “Lo vemos, lo entendemos, y lo vamos a exigir.”
Para Nneka Ogwumike, presidenta del sindicato de jugadoras, el mensaje para la liga es claro:
“La liga tiene una elección: colaborar como un socio justo o quedar como una autoridad que solo cedió obligada por la presión. Quizá deberían preguntarle a U.S. Soccer qué camino es mejor.”
Mientras la comisionada de la WNBA, Cathy Engelbert, insiste en que las conversaciones están en “modo escucha”, las jugadoras exigen más que palabras. Quieren un compromiso tangible que reconozca su valor, su impacto y su papel central en el crecimiento de la liga.
El momento de actuar ha llegado. Las jugadoras están organizadas, informadas y decididas. Esta vez, no basta con que las escuchen: exigen que las respeten.